2020, un año distinto

EL FUTURO QUE QUEREMOS PUEDE QUE ESTÉ A UN PLATO DE DISTANCIA

Ignacio Cabrera
Presidente de La Raíz

Hoy es 30 de septiembre del año 2020, un año que ha resultado ser muy distinto a lo que estábamos acostumbrados, un año que además se enmarca en una época muy extraña para estar vivos. Nos encontramos presentes en un momento de la historia en que empiezan a surgir preguntas que hace no tanto tiempo habrían parecido una locura, una pérdida de tiempo o materia de reflexión para algún filósofo navegando en sus pensamientos. Es 2020 y nos angustiamos por dilemas que parecen ridículos como: ¿Es correcto comerme esta hamburguesa? ¿Debería tomar el auto y demorarme 15 minutos o lo mejor es tomar el transporte público y hacer ese mismo viaje en 90 minutos? Es 2020 y, aterrorizados por el futuro, nos hacemos preguntas como: ¿Seguirá viva la raza humana al 2100 o al 2200? ¿Cuando tenga nietos, existirán todavía los arrecifes de corales? ¿Tendré nietos? ¿Es siquiera una buena idea tener hijos? Lo cierto es que nadie tiene la respuesta a estas preguntas. Sólo hay una cosa que sabemos y podemos afirmar con seguridad: todos los escenarios son posibles (buenos y malos) y son las decisiones que se tomen ahora el 2020 y cada año que viene, las que inclinarán la balanza para un lado u otro. 

Mientras experimento esta crisis existencial ante un posible, pero evitable colapso ecológico, encerrado en casa, se me pide responder a una pregunta en un ramo de la universidad. Comer, ¿Es un acto político y ecológico? Les comparto mi reflexión.

Hace 200 años, cuando la población mundial era un octavo de lo que es ahora, la respuesta habría sido un inmediato y rotundo NO. Comer es comer. Como porque tengo hambre y punto. ¿Qué tiene que ver lo que me meto en la boca, con lo que le pase a los orangutanes en Borneo, a los jaguares en Brasil, a una persona que acaba de perder su casa en un incendio forestal, a las araucarias en el Parque Conguillío o a un agricultor chileno que le ha tocado vivir la más extensa y extrema sequía jamás registrada?

Bueno, no estamos en el  1800. La respuesta a esta y muchas otras preguntas dejó de ser trivial. En los últimos 200 años el mundo ha cambiado profundamente. La población mundial ha crecido exponencialmente, la gente se traslada entre continentes en unas pocas horas, producimos naranjas en nuestro país, las vendemos a otros países y en nuestros supermercados compramos naranjas que vienen de Estados Unidos. Todas estas aparentes comodidades esconden un costo muy oscuro del que nadie quiere saber. La sociedad moderna lleva desarrollándose por mucho tiempo a costa de la destrucción del medio ambiente. Hemos construido una economía y una forma de vida que ve al planeta como una fuente infinita de recursos y un basurero infinito para desechar lo que ya no nos sirve. Nos fuimos a las ciudades y nos olvidamos del mundo exterior, nos olvidamos de que somos parte de la naturaleza y que nuestra vida depende de un planeta en equilibrio.

Es 2020 y empezamos a abrir los ojos, empezamos a darnos cuenta de lo equivocados que estábamos. Hicieron falta estudios científicos, modelos climáticos, huracanes más intensos, extinción de especies e incendios forestales para entender lo obvio, lo que en el fondo de nosotros siempre supimos. Hay algo en nuestra forma de vida que está mal y que no puede continuar. Ese estilo de vida al que hemos aspirado desde niños, ese que nos muestran en las películas, en los comerciales y en las revistas ya no es posible. No porque haya dejado de ser atractivo, sino porque nos damos cuenta de que esa forma de vida es mucho más cara de lo que imaginábamos, pero no en dólares o en pesos chilenos, es cara por sus consecuencias. De pronto esa decisión entre un viaje de 15 minutos y uno de 2 horas deja de ser tan obvia. 

Es 2020, un año distinto, un año en que se hace evidente que somos más vulnerables de lo que creíamos, que no vivimos solos y que la colaboración global es indispensable si queremos resolver desafíos de escala global. Es 2020, y cada vez más personas somos plenamente conscientes de las consecuencias que ha tenido nuestro estilo de vida y al abismo al que nos dirigimos si no cambiamos nuestro rumbo en 180 grados. Pero ¿Cómo? ¿Cómo yo, una persona más en este enorme planeta voy a hacer algo al respecto? ¿De qué sirve la decisión que yo tome si aparentemente a los políticos no les importa y a las grandes corporaciones tampoco les importa? Esta sensación de impotencia nos tienta a tomar distintos caminos, uno negativo y frecuente es el siguiente. Puedo desentenderme, seguir con mi nuestra vida y decir que nada de lo que yo haga importa, así que para qué preocuparme, los políticos tienen la culpa, el sistema tiene la culpa, las corporaciones tienen la culpa. 

Pero hay otro camino, hay otra forma de ver las cosas. Puedo hacerme las siguientes preguntas: ¿Si los políticos fueran ambientalistas, podrían ellos solos y sin nosotros cambiar las cosas? Miremos a Francia, su presidente, alguien joven y consciente de la crisis ambiental, decidió quitar los subsidios a los combustibles fósiles. Entre otras razones, su plan no prosperó, porque no todos eran conscientes de la crisis ambiental y no estaban dispuestos a cambiar. ¿Si una corporación decide cambiar, podría ella sola, sin nosotros, lograr realmente un cambio? Al hacerse cargo de los costos ambientales, tendría que subir los precios, y competir contra empresas que están subsidiadas por la (hasta cierto punto) impune y gratis destrucción del medio ambiente. Su competencia sería de pronto mucho más barata. ¿Prosperaría esta empresa si a nadie le interesa el problema y nadie decide comprarle? ¿Prosperaría la empresa que destruye, si a todos les interesa el problema y nadie decide comprarle? 

Culpar a otros sólo sirve como excusa para no hacer nada y nos convierte en meros espectadores de la destrucción de todo lo que tenemos. Para lograr un cambio así de radical en el mundo, el cambio tiene que venir de todos los sectores. Necesitamos políticos comprometidos, necesitamos que las formas de hacer negocios cambien radicalmente y necesitamos también presionar nosotros por ese cambio a través de nuestras acciones y no sólo a través de nuestro discurso. Cuando nos enfrentamos a una decisión de cómo consumir, de cómo transportarnos, de cómo alimentarnos, estamos votando y dando nuestro apoyo a un sistema por sobre otro. Cuando decidimos entre un pedazo de carne y un plato de porotos, entre alimentos locales o del extranjero, entre un producto ultraprocesado y un plato de ensalada, apoyamos un modelo por sobre otro. En nuestro consumo y en nuestro plato se encuentra la diferencia entre un planeta en equilibro y un planeta destruido y sin vida. Es 2020 y comer SÍ es un acto político y ecológico.

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